Neurociencia… ¿es tan aplicable a la Educación?

Desde el punto de vista de las neurociencias, en las aulas, los formadores tenemos la apasionante oportunidad de estar en constante contacto con cerebros que realizan diariamente y en forma permanente plasticidad cerebral.

¿Y esto qué significa?

  • Que cuando aprendemos, nuestro cerebro cambia su forma
  • Que las experiencias moldean el plástico y flexible cerebro de los estudiantes
  • Que el aprendizaje organiza y reorganiza el cerebro

Es por ello que se señala por parte de diversos especialistas, que es vital para los docentes, iniciarse en el estudio de los componentes y funcionamiento del cerebro.

Esa conclusión parece natural y de perogrullo.

Resulta evidente que un mayor conocimiento del sistema cognitivo facilitaría la enseñanza o haría más eficaz la educación, más aún que esta tiene por objetivo, entre muchos otros, hacer progresar la mente de los estudiantes.

No obstante, en diversas charlas y talleres que hemos impartido en diferentes colegios e instituciones educativas del país, los docentes participantes no están tan claramente convencidos de esta revolución cognitiva.

Por un lado, este comportamiento surge debido a la resistencia al cambio. Un proceso biológico natural que el cerebro realiza pues reaprender implica un gran consumo de energía que compite con la reserva de energía que permanentemente guía sus procesos con el objetivo de asegurar la supervivencia.

Por otro lado, cada vez es más común leer artículos en diversos medios de difusión, exponiendo una serie de hallazgos científicos sobre el cerebro y el aprendizaje. Sin embargo, no es tan claro de qué manera se aplican a lo que un profesor debe hacer cuando llega diariamente a realizar sus clases.

Aquí es donde debemos ser cautos y no perder de vista que de un lado encontramos interesantes investigaciones realizadas en laboratorio sobre ciertos fenómenos cognitivos y por otro, la práctica de ellos en el aula.

Cuando los neurocientíficos enfocados en los procesos cognitivos realizan su investigación, el método utilizado requiere aislar determinados procesos mentales (como por ejemplo la memoria) de otros procesos a fin de facilitar su estudio.

Sin embargo, estos procesos cognitivos no ocurren de manera quirúrgicamente exactos en la dinámica del aula. Muy por el contrario, muchos surgen simúltáneos y superpuestos, y con efectos complejos de predecir.  

Por ejemplo, en el campo de la neuroeducación se plantea que el aprendizaje es un proceso cuyo inicio está determinado por la descarga en nuestro organismo de una neurohormona llamada Dopamina. Esta descarga se realiza cuando el cerebro del alumno percibe y procesa estímulos del ambiente y predice una eventual recompensa.

Si un docente entiende esto, puede iniciar sus clases de manera interesante y estimulante; no obstante, su entorno en el aula se compone de 30, 40 o más alumnos con intereses diferentes, con complejidades y estados emocionales diferentes, con estilos de aprendizaje diferentes, con una alimentación deficitaria o baja en nutrientes, con entornos familiares diversos, con padres que poseen una baja escolaridad, entre muchas otras variables. Por todo lo anterior, nuestros programas formativos inician con la advertencia a los y las participantes, que la neurociencia aplicada a la educación NO es una panacea que resuelve mágicamente los inconvenientes cognitivos que se viven en el aula. Sin embargo, existen ciertos principios que son estables y que al reconocerlos y ponerlos en práctica se traducen en una tremenda ayuda para aquellos educadores que deseen revisar su práctica docente e incorporar, poco a poco, los conceptos que las Neurociencias aportan a la tarea de «modelar cerebros».

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